miércoles, enero 25, 2006

Sobre la utilización del etcétera - Parte I

Por orden de llegada, copio y pego las tres primeras opiniones sobre la utilización del etcétera.
Gracias infinitas a ellos y además; el deseo de leer otras opiniones.

Daniel Freidemberg “Toménlo como de quien viene”

A veces, sí, es giro evasivo, a veces pijoteo, a veces escapatoria, y a mí me suena sobre todo a pereza mental o falta de recursos (de esa falta de recursos que viene de no interesarse en buscarlos). No lo uso, trato de no usarlo, aunque para ciertas tareas profesionales no pueda en ocasiones evitarlo. Iba a hacerme el gracioso y terminar este comment poniendo "etc", pero no veo por qué tendría que ser gracioso.

Aydé Beron “Plaza Constitución”

Es cierto, es una porquería. Es el comodín de todo lo que no quiero decir y me vendría fenómeno que el otro entienda. No dicho y reconstrucción de sentido. Lo interesante es que en el "etc" nadie parece dudar, confundirse, anclar en otro lado. Entonces la pereza es tanto del que escribe como del que lee.
Prefiero el silencio.

Jorge Mayer “Et in Arcadia ego”

No sirvo para alambrar. Lo digo en sentido estricto. La última vez que trabajé bajo el yugo paterno nos tocó alambrar nuestro huerto. El flamante alambre estaba enrollado, que es como lo venden. Yo llevaba la punta y debía enhebrarlo en los ojales que antes habíamos hecho en los maderos. Papá, detrás de mí, soltaba la cuerda a medida que yo progresaba. El alambre tendía a volver a la situación de rollo, de suerte tal que la punta no dejó nunca de dar vueltas dentro de la palma de mi mano desnuda. Por supuesto, viendo las heridas que me provocó el combate, me juramenté no volver a trabajar -de hecho no he vuelto a hacerlo- y supe que alambrar nunca sería lo mío.
Alambrar, ponerle límites concretos a determinada materia es lo que en la escuela nos enseñaron como “definición por comprensión” en contraposición a la “definición por extensión”. En matemáticas la cuestión es más o menos fácil porque las definiciones son terminantes y las enumeraciones respetan un postulado lógico. Si digo “3, 6, 9, ..., n” nadie me preguntará qué hay en el medio.
Fuera de este terreno ideal la cuestión es un poco más complicada. Las ciencias sociales se basan en convenciones más o menos ciertas: de acá para acá, es esto, y de acá para allá es lo otro; pero la claridad de ese límite jamás podría aspirar a la perfección de un conjunto definido como “números primos menores a 10”. En las ciencias sociales el “esto” o el “aquello”, para ser elementos útiles a una nomenclatura, están condenados a una rigurosa definición previa, que cuando pasa a formar parte del acervo de la disciplina en estudio, cumple las funciones de lo sobreentendido.
El etcétera suple la morosidad de una “definición por extensión” y se asienta en el supuesto de que el otro, el que escucha, el que lee, conoce el corpus de sobreentendidos en esa materia. No pensemos ya en la ciencia, sino en una charla entre amigos: alguien me dice que en la cena del viernes estaban fulano, mengano, los otros. Y yo sé que si estuvieron fulano y mengano, los otros son sultano y perengano.
Ahora bien, si alguien preguntase por mi canon literario y yo respondiese que los últimos tres escritores argentinos que calaron hondo en mí son Felisberto Hernández, Juan Rodolfo Wilcock y Roberto Bolaño (algo que podría decir sin ponerme colorado), y no hago ninguna aclaración más, estoy haciendo trampa. Mi afirmación resulta temeraria. Felisberto era uruguayo, tal vez probó suerte aquí y tuvo que volverse a los bares montevideanos donde tocaba el piano. Wilcock no sólo se fue del país sino que repudió el idioma y se dedicó a escribir en italiano. Bolaño, un gran admirador de las letras argentinas, era chileno, vivió en México y en España y es probable (no podría aseverarlo) que haya muerto sin un sello argentino en su pasaporte. Tenemos entonces un escritor provinciano, uno que renunció a la nacionalidad y otro derechamente apátrida. Entonces, ¿qué fue lo que dije?. Nada y tal vez demasiado, pero el lector tiene todo el derecho a patalear.
Es que lo estoy condenando a sentirse un estúpido por no entender o a que practique respecto de mí una actividad inquisitorial que agregue más elementos.
Si leyera, por ejemplo, que en mi blog dice “Jorge Mayer, Trelew, Patagonia”, tal vez sospechase que para mí Argentina es un país imaginario que ocurre en la televisión o, incluso mejor, que la categoría nacionalidad me resulta despreciable. Ese dato no le bastaría, sin embargo, para que sepa que yo creo que el autor siempre se exila a ese lugar que escribe. (Y esto dicho omitiendo la dimensión temporal que supone mi respuesta: desde el modesto Libro sin tapas de Felisberto a la titánica 2666 de Bolaño pasaron ¡ochenta años!)
Pero si me toma como un estúpido, que cuando le preguntan por manzanas responde hablando de cables pelados, no me asiste el derecho a sentirme ofendido.
Queda claro entonces que, fuera del mágico mundo de las ciencias exactas, todo es arbitrario. Deviene entonces de capital importancia el hecho de asumir tal arbitrariedad y esclarecer al lector no avisado respecto de cuál es el camino recorrido. Y en ese punto conviene ser renuente a los facilismos hijos de la pereza o de la desidia: la deshonestidad intelectual no queda tan lejos.
Eso no obsta a que en los mundos imaginados que caben dentro de la literatura, todo pueda (e incluso deba) ponerse en jaque, pero eso ya es arte y nada puedo decir a su respecto.

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