sábado, enero 28, 2006

Peligrosa obsesión

Tan pronto apoyo mis pies en la vereda de la plaza Las Heras, advierto que una vez más, he llegado. Apuro la marcha bien dispuesto y por una de las sendas que cruzan el parque en diagonal, un recorrido de suaves ondulaciones y levemente empinado que va a dar con en el borde de lo que es, una pista de patín. Cada día o cada vez que transito por este lugar, intento imaginar sobre los tormentos y padecimientos que habrán soportado los habitantes forzados y presidarios de lo que es ahora, un espacio a cielo abierto. En esta plaza, la Revolución Libertadora fusiló al general peronista Juan José Valle, cuando en ella funcionaba la Penitenciaría nacional.

Es un día espléndido. Recostados sobre el pasto aún húmedo, dos jóvenes duermen el espeso sueño de otra noche de excesos y fiesta. Una señora mayor amolda la laxitud muscular de su cuerpo a una reposera, mientras lo embadurna con cremas, intentando conservar en su piel los pigmentos de melanina en fuga, adquiridos en su reciente veraneo. Un tanto más lejos, casi en el zócalo de la plaza, dos linyeras dormitan montados en sus andrajos, bajo la sombra que le propicia un árbol que, apiadándose de ellos, simula inclinársele para ampararlos ante tanto abandono. Por toda almohada, sus dos manos unidas y aplastadas debajo de sus cabezas. Sueñan -imagino- con una vida que merezca ser vivida.

Traspongo la avenida Coronel Díaz sin divisar un solo vehículo y apuntándole directo a Peña. Silencio en la calle desierta por estas horas. Silencio en todo el barrio. Silencio sólo quebrado por las voces chusmas y apariencias prepotentes de porteros o encargados de edificio, como gustan hacerse llamar. Silencio fracturado por el raspar de sus mangueras sobre el piso y el chorro persistente del agua derramada. Veredas mojadas, vapor y calor. De todos modos, tiene su encanto la calle Peña, tan desnuda y vacía. Señoriales y distinguidos los edificios de antaño, se mezclan con torres modernas y funcionales; entre ambos, casonas de una planta dibujan sus perfiles acurrucadas y resguardadas por la sombra de toneladas de hormigón.
Luce distinto el barrio mudo y en soledad. Como una dama distinguida y de manera sobria, comienza a despabilarse la Recoleta.

Un taxista detiene su marcha justo en la esquina de Peña y el Pasaje Bollini. El hombre que debe rondar los cuarenta años, logra descender muy a duras penas, luchando e intentando acondicionar su encorvado cuerpo. El rostro deja traslucir la mueca que mezcla el fastidio y el cansancio con el calor agobiante de la mañana. Quizás y producto de ello, olvida cerrar la puerta de su vehículo. Mientras tanto y desde su radio, lanzan sus sermones fatales los fieles compañeros de andanzas: los periodistas de Radio 10. Ahora, se escucha la voz adoctrinadora del analista político de turno, que de manera harto suficiente, se le antoja más que justos los motivos esgrimidos por los capangas de Washington y Jerusalén de no negociar con el triunfante grupo integrista palestino Hamas.

El taxista estira una vez más sus piernas, bosteza profundo y seca su frente sudada con un pañuelo de papel arrugado. Llegó a su fin el descanso. Es necesario seguir. En tanto esto sucede y antes de volver al auto, estima conveniente dejar sentada su opinión:
-¿Escuchó lo que dijeron? ¿Escuchó maestro? Tienen razón los de Radio 10, los piqueteros no aprenden más, no quieren laburar, les regalan la guita y además, nos joden la vida a nosotros. Negros de mierda. Acá hace falta mano dura; eso, mano dura. Hay que matarlos a todos.

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