domingo, enero 15, 2006

III - El muchacho menemista

-¡Turco traidor!
El grito destemplado del Rey de Segundo Piso, retumbó y se expandió por toda la redacción aún despoblada.

El turco A. reportaba en el Reino del Segundo Piso a Información General, cuyos límites geográficos y periodísticos resultaban por demás ambiguos. Su ingreso había quedado maquillado bajo la categoría de colaborador permanente, pero su remuneración igualaba y hasta superaba la de muchos secretarios de redacción.
El flamante ingresado salteó de modo muy atlético todo el escalafón del Estatuto del Periodista.

En muy poco tiempo, logró posicionarse de manera cómoda y estratégica en su flamante puesto de trabajo. Habitual visitante y residente casi permanente del entorno íntimo de Marcos C., por entonces Rey del Segundo Piso; de manera tal que utilizaba habitualmente el despacho del secretario y mandamás, para consumir y gastar en el hábitat natural del todopoderoso, sus horas laborables.

Su figurada y actuada simpatía, le permitió entablar afinidades de diversos grados de fortalezas, que además de servirse de las labores periodísticas, también las excedían. Con su accionar obró de manera influyente y decisiva en el trazado de estrategias editoriales; pero también logró interferir en aquellas que rozaba la burocracia administrativa: su ingreso a la selecta Zona de Rosca del Reino fue aprobado con la velocidad de un trámite que se atiende urgente y merece ser aprobado. La comarca donde se cocinaba un asado debajo del agua era aquel lugar donde, se disponía de la vida laboral de algún desangelado con quien algún poderoso no se llevaba del todo bien o simplemente, por no ser la sonrisa del caído en desgracia, del agrado del jefe. Como aquel que decide que trole hay que tomar para seguir. El bondi que conducía de manera inexorable al destierro y cuya única y final parada era la estación del olvido.

A paso firme y elegante, fue desplegando su impúdica estampa de ganador: Entrador, simpático, exótico, verborrágico, mujeriego y denunciante ligero. Cargaban sus genes la impronta manifiesta que luego se establecería de manera tan desafortunada, excediendo los límites del Reino Total de Piedras, en la Argentina misma: el paradigma del hombre menemista. Eso, un muchacho menemista.

Como uno de sus logros extraperiodísticos, será recordado por la urbanidad estética de haber impuesto la moda del moñito y los tiradores en el Reino del Segundo Piso. Él, tan pulcro e impecable, tan de bigote. Siempre prolijo y cuidado, había conseguido en muy poco tiempo, lo que a muchos le demandaban años: el de poseer un espacio de privilegio y de ascendencia directa a Papito, el alías del Rey del Segundo Piso.

Su paso por el Reino del Segundo Piso se comprobó escaso en producción en el género de la crónica. El sobre rotulado con su nombre y que dormía en el Archivo de Redacción, a cuyo mando estaba Aarón C., hermano de Papito; languidecía escuálido, casi anémico de historias. Algunos recortes de semblanzas de arrabales y suburbios, de flores robadas, alguna que otra reseña de libros y un par de fotos sueltas y marcadas para el editor o para fotografía, ocupaban holgadamente ese continente marrón y rectangular que eran los sobres personales.

Un buen día su firma abandonó aquel placentero anonimato y jugueteó con cierto grado de popularidad. Fue cuando sus huesos dejaron el confortable sillón de la redacción para encerrarse como navegante de piloto de rally. Desde allí y a diario enviaba sus crónicas, mientras la competencia automovilística quemaba etapas. Estiman quienes conocen las tripas del asunto que esa fue su mejor perfomance periodística en el paso por el Reino del Segundo Piso.

Pero mientras no fue acompañante de rally y transitaba el parquet salpicado en tinta del segundo, poblado de operarios gráficos, de linotipistas y máquinas de linotipos que derretían barras de plomo para devolver moldes con tipografías de diversas formas y medidas; en ese ámbito con aroma a vapor de plomo, tabaco, polvillo de papel y tinta fresca, el hombre fue pergeñando pequeñas, minuciosas y exactas radiografías de sus compañeros de redacción. Toda su permanencia era dedicada a la tarea de observar, investigar y escribir sobre cuestiones, pormenores o entreveros de vidas ajenas. Un verdadero chismoso.

Un día la rotativa virtual imprimó Diario Pasillo y su tiraje superó la media habitual: Había sido despedido al turco Oberdam Rocamora. Sonaba tan a puesta en escena, que rompía la vista. De ser otro el personaje y de haber caído tumbado y aplastado por los engranajes de la topadora de la Zona de Rosca del Reino, no hubiese sido arrojado a las aguas de los desocupados. Se hubiese puesto en marcha el plan de rigor. Destino: Siberia. Ese lugar que más odiaba el damnificado. Ese espacio atemporal, impersonal y sin posición fija en el Reino del Segundo Piso.

Si su figura se hubiese marchitado por el sol de los poderosos, tendría entre sus manos un pasaje con asiento en pasillo y con excursión a Siberia y no una suculenta indemnización, como fue lo que sucedió.
Así fue que el hombre puso su mejor cara de muchacho bueno, de heroica victima de un sistema perverso, de turco mojado y perdido en la neblina, para volver unos días más tarde a ensobrar y se alzarse con el fangote y si te he visto, no me acuerdo. Marchó con la frente falsamente marchita en busca de otros mares.

Eso fue lo que pensaron casi todos. Muchos suspiraron aliviados. Algo es algo: uno menos para llevarle las noticias no periodísticas a Marcos C., estimaron los habitantes del Reino del Segundo Piso.
El consuelo se revirtió en oscura e impredecible pesadilla una tarde de un día cualquiera para el Gerente de Personal; para el entonces secretario de Espectáculos del Reino del Segundo Piso, Carlos M. y su fiel escudero, Rómulo B.; para la bella pero humilde correctora, amante feroz en funciones privadas de Carlos M.; para el talentoso y bohemio Jorge G. y hasta para el maestro que fue Emilio P.

Fueron pocos los que quedaron a salvo de las bajezas y salpicaduras narrativas del turco A. Todos y por las dudas, hojearon la flamante edición de “Diario de la Argentina”, que se convirtió en lectura casi obligada de los habitantes del Reino del Segundo Piso y de diversos ocupantes del Reino del Tercer Piso. El turco A. estaba tocando su canción, la de todos ellos. Y vaya de qué manera.

Hubo divorcios fronteras afuera del Reino del Segundo Piso, producto de la ventilación chimenteril que la lectura del libro desencadenó. Más de uno tuvo que imaginar esclarecimientos y explicaciones de diversa índole, acerca de su comportamiento laboral para cuando llegaran a sus casas. Y a muchos, no les fue bien o resultaron poco convincentes sus historias. Más de uno tuvo que hacer las valijas e irse de su hogar; alquilar un departamento y comenzar una nueva vida.

El Turco A. colaboró así, de manera generosa y desinteresada -cualidades por demás extrañas y en desuso en él- a la oxigenación y renovación de muchos matrimonios que se desmoronaban enquistados en la rutina, el tedio y la monotonía. Esa podría ser una visión ciertamente optimista; con ribetes innegables y de señalada connotación evolutiva; que pudieron llegar a obrar como una bendición tan inesperada como liberatoria, para algunos personajes manchados por los hechos narrados con exhaustivo cuidado y de manera meticulosa en “Diario de Argentina”.

Los jerarcas de turno del Reino Total de Piedras, haciendo gala de su poder, impartieron la orden de no circulación del libro, extra e intramuros. Había que desactivar y evitar el deslizamiento de esa traicionera bomba panfletaria, alegaron. Está claro que, más allá de la alcahuetería barata del turco A., todos tenían algo por ocultar; o al menos, alguna arista laboral y privada que no resultaba conveniente tomara estado público. Ropa sucia, adentro.

-¡Turco traidor!
El grito sonó en el despacho de la Reina Madre del Reino del Total de Piedras.

Por ello que, anoticiados de la nueva actividad detectivesca del turco A., no les causó la menor sorpresa. Siempre y sin ocultamientos supieron que le sentaba de maravillas la pilcha de botón.

1 Comments:

Blogger Omar Opina...

Alguna vez Chitarroni me comentó cómo ingresó OR al menemismo:
-El turco quiere que lo ayude con los discursos de la campaña.
-?????
-Si en una de esas gana, me ligo un cargo...
-?????
-Hincha las pelotas con eso de la revolución productiva... y nadie, ni él, sabe de qué carajo está hablando. Pero suena lindo.

9:54 p. m.  

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