sábado, diciembre 10, 2005

Sobre flexibilidades y abolladuras laborales

El narrador llega a su casa cansado. Otras doce -o más- horas despachadas entre un montón de nadas. En un lugar inhóspito y desapacible. Compartiendo -de alguna manera hay que llamarlo- un espacio hostil con personas que viven en otra realidad, en otro mundo, en otra dimensión. Un lugar vacío de palabras.
Un recinto donde todo es efectivo, ahora y ya. Un ámbito donde el egoísmo prevalece y sobrevuela cada rincón, inundándolo de manera tal que repugna. Un lugar de charlas y conversaciones banales y frívolas.
Donde cada habitante de ese espacio, muestra y demuestra orgulloso sus logros: ostentaciones que se cuentan en cientos de miles. Y les va la vida en ello.
El narrador, por cuestiones fisiomercadolaborales concurre allí día a día, excepción de domingos. Y le resulta harto difícil no salir abollado entre tanta holgura económica exhibida de manera obscena y de tantos obscenos exhibidores de holguras económicas.
Y no son los chichones o abolladuras -concluye el narrador- lo peor del asunto. El suplicio es el silencio que debe de guardar durante horas, sin tropezar en ese espacio, con una sola palabra que, alivie ni un poco tan siquiera, el sopor y lo eterno de la espera, que no es más que dejar que las horas caigan, para salir disparando de ese ámbito.
Ese ámbito que, modernas leyes y dictámenes elaborados por concienzudos y meticulosos técnicos y profesionales de los gobiernos de turno que supimos conseguir llaman presuntuosamente, empleo.
Fin de la semana laboral. A vivir qué son los días.

Post-Data suavizante: Al abrir el blog me encontré, o mejor, me reencontré con Daniel Freidemberg y un comentario suyo. Qué honor. Por si lees éstas líneas, te mando un fuerte abrazo, Daniel.

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