domingo, diciembre 18, 2005

Reyes y reinados

Con la humildad de principiante y el cálido recuerdo que el narrador guarda de Charlie Feiling.

A él pués.

I - Reyes y reinados

El narrador intentará ser lo más objetivo posible, esto es: relatará las historias vividas, desde que, hace ya más de veinte años, ingresara como dependiente administrativo a las huestes de lo que es hoy, el multimedio más poderoso de habla hispana en América.
El narrador ha sido entre el año ’79 hasta fines del 2000, fecha que fue invitado a “retirarse voluntariamente”, un sencillo supernumerario de las huestes de la señora dueña del grupo que hace sonar a diario el clarín.

La figura del narrador simulaba una sombra y junto a su historia laboral, era agrupada bajo el título de Currículum Vitae, cuya carpeta pendía de un fichero repleto de legajos, idénticos al de él.

Formar parte de la nómina general tenía sus privilegios y también, acarreaba ciertas desventuras. Por ejemplo, la obligación de adoptar a toda costa, el concepto de pertenencia -de infructuoso resultado en el caso del narrador- y la loca fantasía de hacerles creer al resto del personal que, integrarse y formar parte de la familia del gran diario argentino, les depararía -a los beneficiarios- algo comparable a percibir rentas exentas, al fin de cada cierre de balance.

A incontables cursos y seminarios ha tenido la obligación de concurrir a los efectos. El narrador dá fe por él: no lo lograron. Y eso, en el Reino del Tercer Piso no se perdonaba. Nunca pudo ni quiso, susurrar la vergonzante frase “Te estoy pagando”.
Decía el narrador que el pertenecer, después de todo, atesoraba algunos privilegios.

C’est vrai.

Poseer en inventario un escritorio, una silla, una computadora, una cuenta de correo electrónico. Recuerda a Eudora, el primer mensajero que el narrador utilizó para hacer surcar mensajes electrónicos desde la calle Tacuarí al 1800 al mundo entero.

La tarea desempeñada por el narrador en el Reino del Tercer Piso consistía en gestionar de punta a punta, todos los pagos de los colaboradores periodísticos. A saber: Colaboradores permanentes, Free-Lance y todo terrenal que entregara una costurita a algún editor del Reino del Segundo Piso.

El “Tercer Piso” eran dos palabras malditas para los habitantes o eventuales transeúntes del Reino del Segundo Piso. Subir por los escalones de los pasillos del edificio Santa Marta -lindante a la calle Piedras- o por el nuevo de Tacuarí, guardaba la relación exactamente inversa que el principio físico-mecánico consumaba en si mismo. Esto es, descender de manera áspera del Reino de la Redacción-Creación, al Reino de la Administración-Burocracia.

El Reino de la Rosca era el nexo coordinante entre ambos Reinos, pero de eso no se hablaba en los pasillos.
“Las paredes escuchan”, le comentó de manera muy acertada, una tarde y de paso por ambos Reinos, el escritor Juan Martini al narrador.

El gesto conllevaba a desprenderse de gotas de prestigio. No se podía o no se debía subir al Reino del Tercer Piso, salvo caso de fuerza mayor y que, ameritará el hecho de manera contundente. Un anticipo de sueldo o un vale de adelanto en efectivo, por ejemplo.

Recaer por allí era descender del paraíso al infierno mismo. Sus caras eran muestras más que elocuentes de lo que el narrador intenta relatar, o sea, un calvario.
"Yo soy periodista (o escritor, poeta, filósofo, fotógrafo, actor, modelo, músico), no me pidan que entienda o intente comprender que es una factura C, ya demasiado con la realidad y las exigencias de los Secretarios de Redacción”, se los escuchaba refunfuñar. Y razón no les faltaba.
A ellos se les pagaba para otras cosas. Para usar el intelecto y su arte, después de todo.

Un buen día descubrieron que en el Reino del Tercer Piso, existía alguien que, desde el escueto lugar de excedente e invisibilidad contable-administrativa, intentaba hacerles un poco menos sufrido cada arribo al Purgatorio. Un trato más apacible que lo habitual los sorprendía. Eran atendidos, escuchados y comprendidos. Siempre con infinita paciencia de ambos lados. No era una pose, sino que el narrador -modestamente- no conocía, ni conoce; otra manera de vincularse.

Respondía puntualmente a sus llamados, contestaba sus inquietudes, tramitaba personalmente sus ingresos al sistema de liquidaciones. Sitio intangible, irreal o inimaginable para todos ellos. Al narrador le costó cuatro sesiones comprender aquello que se daba en llamar de manera rutilante Sistema de Liquidación de Colaboraciones Permanentes y Eventuales.
El buen vínculo hacía que el narrador hiciera depositar los dineros de los colaboradores en sus cuentas bancarios y hasta hubo de entregarles los pesitos por sus trabajos en propios manos y en sus domicilios, resultase placentero.

El narrador percibía lo simétrico del vínculo -inédito para ellos y para él mismo- y esa reciprocidad de afabilidad lo llevaba a hacer verdaderos malabares y gestionar imposibles para que, todos los viernes de cada semana, antes de las 4 PM -hora en que puntual e implacablemente cerraba la caja- los más de trescientos colaboradores Free Lance que frecuentaban asiduamente o circunstancialmente el Reino del Segundo Piso, se unieran con sus dineros. El narrador estimaba que, para muchos -y no estaba tan equivocado- esos billetes serían los únicos ingresos del mes. Y con eso no se embroma.

Fueron años de un salvajismo propio de la hijaputez de algunos humanos, grupo al que pertenecían secretarios y editores, quienes -salvo honrosas excepciones, que siempre las hay, claro está- inducidos por los gerentes del Reino del Tercer Piso (empezaba a popularizarse la sigla CEO y la palabrita Controller), hacían la vida imposible a muchos colaboradores eventuales. Esa era o es, -en verdad no lo sé hoy- la figura legal que el Estatuto de Periodista establecía para ellos. Claro, de “eventuales” nada tenían. Pero eso es parte de otra historia que el narrador intentará relatar en otra oportunidad.

La vida laboral comenzó a complicársele al narrador con la caída del Rey del Segundo Piso. Es sabido: a un perro se lo cura como se cura un perro y a un Rey se lo reemplaza con otro Rey, otrora súbdito del Rey caído y ya en desgracia, por lo tanto: bien muerto y muy, pero muy bien enterrado.
Así se adereza y cocina en los Palacios y fue condición sine qua non del flamante nuevo Rey: Serás Rey del Segundo Piso, pero marioneta del Rey del Tercer Piso. Y así cayó un imperio de un tal Marcos C. Y asumió un tal Roberto G.
Y ajústense los cinturones mis queridos.

Infinitos proyectos, números ceros de un sinnúmero de esbozos periodísticos se apilaban en planillas con nombres de escritores, periodistas, poetas, intelectuales, actores, dibujantes, filósofos, ¡locutores! Si, claro, o acaso ¿qué otra cosa es María Laura Santillán?, modelos (¡Top models!), músicos (Roberto Indomable Pettinato, tenía una columna en el patético suplemento de Countries). Era todo aquello una revolución tan bizarra y loca, como incompresible.

Soplaban nuevos aires. Y novedosas tecnologías. Había caído un Rey del Segundo Piso, quien y bajo el piadoso manto de “etapa cumplida” cobró suculenta indemnización y marchó a “Hacer lo que siempre quise hacer: escribir”. Cuando un Rey del Segundo Piso cae, arrastra a algunos de los suyos y se producen los reacomodamientos que el nuevo Rey del Segundo Piso ordena y dispone, siempre con el aval y visto bueno del Rey de Tercer Piso.

La revista del domingo cobra vida y se lanza muy Viva. El suplemento Cultura y Nación se renueva de la peor manera. En un parto con fórceps llega a la vida Informes Especiales, luego devenido en Zona. Countries, Ollas y Sartenes, Mujer, entre otros, son engendros feroces e ilegibles. Pero allí están. Y si el gran diario lo publica, la gente lo compra. Y además, lo lee. Y Blanca Cotta, recicla recetas, hornea y aconseja usos y beneficios para micro-ondas.
Y edita libros bajo la tutela del sonido editorial del clarín.

Y se incluyen infografías por todos lados. En la tapa, en Espectáculos, el Cultural, en Deportes, en la sopa de Blanca Cotta.

Salé a la cancha el primer diario deportivo llamado Olé, a primerear a El Gráfico, que tenía el proyecto en punta, alineado y por salir. El pasquín deportivo llega a vender más ejemplares que La Nación. Si, como el narrador lo cuenta. Es difícil de creer y entender, pero sucedió.

La tapa (el cuerpo del diario) sufre amputaciones, Deportes y Espectáculos pasan a ser suplementos.
Se concreta en términos demasiados ambiguos -de alguna forma hay que llamarlo- otro pase de Atlántida al Imperio de Pierdas: el de la revista escolar-infantil Genios, pero el traspaso incluye todo: su creador, sus integrantes y los derechos de autor. Hubo amenazas a su director y la tele, siempre tan atenta y dispuesta, lo difundió de manera tal, que en el Reino de Atlántida casi les piden disculpas a los protagonistas del pase.

Dos a cero.

Y se incorporan secciones como la dilecta y primorosa columna de la penúltima página llamada “Calles de Buenos Aires”.
Algunos cuenta que choreada de El País de España; otros, dan fe que el por entonces Diario Perfil la tenía. Lo cierto es que, nace lo mejor que el narrador pudo soñar: Las calles de Buenos Aires.

La penúltima página y Las calles de Buenos Aires, la mejor y más prestigiosa columna, por calidad y cantidad de poetas, escritores e intelectuales que por allí desfilaron, dejando su particular percepción del momento y pulso de la ciudad, la observación cuidada y sobria de sus personajes, rincones, bares y plazas de por entonces, hizo posible que el narrador conociera y entablara un vínculo único e irrepetible con cada uno de los escribas que delineaban e imaginaban a la Ciudad de Buenos Aires a su modo y a su arte.

Todo estos cambios se llevan a cabo progresivamente, pero de manera continua, y es el resultado de minuciosos estudios de Focus Group, llevados a cabo por -entre otros- el entrañable Oscar Landi y el semiólogo Eliseo Verón.

Eran épocas que la Argentina tenía como gobierno una monarquía -otra más-, la de la rata de Anillaco y viajar a Miami, Europa o Marruecos, era más sencillo que desplazarse por los pasillos de los vagones del subte de la línea B.

4 Comments:

Anonymous balvanera Opina...

Si sos quien estoy pensando (aunque no estoy seguro de en quién estoy pensando, porque hubo más de uno ahí, en esa oficina, que se comportó maravillosamente con los colaboradores), vaya mi agradecimiento. Estar de verdad ante una persona y no una empresa aliviaba el malhumor del tramiterío. Debo decir que el que está ahora en administración de personal tiene también una onda buenísima.

7:03 p. m.  
Anonymous silvia Opina...

Qué bueno el post arcipreste, fuiste un ojo estable dentro de ese engranaje infernal. Imagino que debés guardar una cantidad de anécdotas de tanto intelectual itinerante.

11:32 p. m.  
Blogger Omar Opina...

Caí, caí. Y yo escribí allí, de la mano de Guillermo Saavedra. Esos pocos mangos que gestionabas ayudaron muy mucho en la terrible caída económica de la que fuera mi editorial.

11:53 a. m.  
Blogger Gus Nielsen Opina...

El Archipreste fue el Verdadero Pagador: a Clarín que le den por el culo.

10:18 p. m.  

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