miércoles, diciembre 28, 2005

El día que las vacas volaron

Fue el miércoles 26 de Diciembre del 2001 por la noche. Sobre la hornalla de la cocina, el agua que colmaba la cacerola, procuraba calentarse buscando su punto de ebullición, ese exacto momento donde todo el contenido burbujea. Era hora de cenar. Tan abstraído estaba el narrador que, casi sin darse cuenta, levantó la tapa de la olla y toda superficie de los alrededores, fue empañada con vapor. Lo que se llama punto de ebullición. La temperatura exacta para sumergir en el recipiente los fideos. Las pastas secas desparramadas sobre la mesada, esperaban con inocultable aire de resignación ser ahogadas y pasar de la rigidez de ese momento a la docilidad y blandura posterior al hervor. Lo que se denomina pasta al dente.

Todo el ritual, incluido el de la mesa lista y pronta, de nada sirvió. En el cuerpo del narrador no entraba un alfiler. No podía probar bocado. Tampoco, por esos tiempos, lograba conciliar el sueño. Fueron aquellas semanas de esperas interminables, de mucha incertidumbre y demasiada angustia.
Algo se venía generando desde muchísimo tiempo atrás, antes que los spaghettis hicieran su primer y último ingreso triunfal al recipiente repleto de agua hirviendo. Eran sospechas de entregas miserables y de dudosas maniobras especulativas de los omnipotentes y poderosos de siempre, para embromarlos y hacerles perder esa irrepetible oportunidad. Y el narrador no hace referencia a los spaghettis, precisamente. Finalmente todos aquellos fideos que habían lograron su punto de cocción exacto y que, fueron de manera presta a caer en el colador y servidos en el plato, terminaron por enfriarse sobre las mesa, en tan infructuosa como ociosa espera. El narrador no conseguía sobrellevar el nerviosismo, las dudas, las zozobras y las conjeturas que le ocasionaban esos momentos. Lo que habitualmente se explica como "No ganar para disgustos". Todas las penurias descriptas resultaron ser amplias y justificadas razones y por demás contundentes, que convalidaban con creces el escaso o nulo apetito mostrado por el narrador.

Y no eran aquellas épocas para darse el lujo de tirar por qué si un plato de fideos. Es verdad: tampoco los días que transcurren permiten esa clase de lujos. Por ello fue que, el único y compacto amasijo que componían el plato, los fideos fríos y el ligante de la manteca, fueron a parar a la heladera con la vaga idea que quizás, al otro día, el jueves 27 de Diciembre, antes de emprender la peregrinación, se le aplicaría el destino para el cual se concibieron: su ingesta.

Resultó esa noche, otra noche imposible, eterna y sin poder dormir. El jueves 27 de Diciembre era “el día”. Por otra parte, el narrador debía de llevar adelante -como cábala feroz y a muerte-, la tarea de no dejar nada librado al azar. Ni el mínimo cabo suelto. Era su obligación chequear y verificar las partes del ritual antes de la partida. El mismo pantalón, la misma remera y la salida al patio para tocar esa maceta de ese fickus. La practica del último eslabón litúrgico. A cada momento repasaba los pasos a seguir.

Había sido demasiado el tiempo esperado y el narrador nunca antes había vivido esa situación y hasta ese mismo día, nada aseguraba que podría alguna otra vez volver vivirla. Aún ese año y en cierta ocasión, creyó haber perdido todas las esperanzas. Nunca y en ninguna otra oportunidad su voz había balbuceado esas dos palabras. Fue un cruel aprendizaje, a los tumbos, entre golpes, moretones, caídas, descensos, ascensos, frustraciones y además, colmados de tristezas. Hasta padecer y llegar a sufrir el oprobio de que un día, una síndico -que poco entendía de sentimientos- los diera por desaparecidos, expresando muy livianamente ante los micrófonos de radio y televisión, esa frase que el narrador nunca podrá olvidar: “Han dejado de existir”. Una puñalada casi mortal.

Pero el narrador conocía muy bien las tripas de los realizadores de sueños e imposibles. Por ello atesoraba para sí cada instante de esos minutos de cada hora de ese último día. Y el día llegó y también, la hora de partir. De rumbear a reunirse en la plaza y marchar a pie, ser parte de la caravana. A mezclarse entre cientos de miles y ser una sola pasión. A alentar. Y a jurar con gloria morir. Esta vez sí era a todo o nada.
Y la lluvia inesperada y el sol y en el medio, otra vez la lluvia y otra vez el sol. No podía ser de otra forma, tratándose de ellos. Castigados, sufridos, maltratados y acostumbrados a los caprichos de las malas vibraciones. Pero, luego de haber soportado tanto ¿Cuánto podía llegar a incomodar un simple chaparrón, hasta el diluvio o el sol mismo delante de sus narices? Con ellos y después de todo, no podía ser de otra manera.

Y de golpe se encontró en medio de una marea celeste y blanca desplazándose y que, lentamente y al ritmo del "Paso a paso" avanzaba con un mismo objetivo, una única meta, una fijación. La gloria. Hacer historia. Romper la inercia de tantos años de frustraciones. Y el momento llegó. El rugido. La locura. El desenfreno. La alegría imposible de contener, hecha ríos de lágrimas.

El narrador finalmente y luego de eternas frustraciones, pudo dar rienda suelta y exorcizar la burla, la cargada y borrar para siempre, aquel cantito de los cosos de al lado, esos que llevan cualquier bandera, unos amargos repletos de copas, pero también carentes de onda; ese estribillo tan burlón, prepotente y despectivo que decía: “Racing va a salir campeón, el día que la vacas vuelen y en la Argentina no haya inflación”.
Y si, ¡Si señores! Ese día llegó y las vacas volaron. Dimos la soñada vuelta olímpica, por que La Academia Racing Club había sido el campeón.

Algunos graciosos atribuyeron el logro y los titulares del viernes 28 de Diciembre, al festejo del "Día de los inocentes". Nada de eso, Señores y por favor, de pie.
En el Este y el en Oeste, en el Norte y en el Sur, brillará blanca y celeste, La Academia Racing Club.

¡Salud Racing Campeón 2001!

2 Comments:

Blogger Tino Hargén Opina...

Me uno a lo que ayer fue un día de celebración del paso a la inmortalidad racinguista de aquel glorioso 27 de diciembre de 2001...

12:02 p. m.  
Blogger Omar Opina...

Omar Santirosi : Me adiero a la fiesta, pero lamentablemente, hay una Sr? , que cree que las vacas vuelan y los hinchas de RACING CLUB somos tontos y hoy nos corre con la austeridad, para no incorporar, ni anuestros hinchas como ARANO, por diferencias económicas, le ofrecio un sueldo de jugador de primera D , ruego que este Sr? deje de hacer tropelías y se retire de una vez del CLUB más Glorioso.-

4:02 p. m.  

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