miércoles, noviembre 23, 2005

Silencio por favor


Mientras el narrador volvía a su casa, cargado como ganado en la línea 92, pensaba en esto tan aburrido de la rutina ¿Qué es la rutina? se preguntaba. La rutina es esto: ir, volver, volver a ir, volver a volver y que no pase nada. Qué no pase nada. Odia la rutina el narrador e imaginaba -mientras odiaba a la rutina- que iba a escribir ahora, o sea, esto que está escribiendo ahora y pensaba ¿Para quién escribe? ¿Quién lo leerá? ¿Valdrá la pena? Escribir es un acto absolutamente egoísta, concluyó. Se escribe para gustarse. Espejo, espejito; qué escrito tan bonito.
Imaginaba llegar y escuchar del entorno osmótico las quejas y lamentos obvios. Y los escuchó: Qué calor que hace. Insoportable, che. Así no se puede vivir. La ciudad es un horno. Infierno porteño. Y todos esos lugares y frases tan comunes que la gente común, los conductores de noticieros radiales y televisivos vomitan sin previa ingesta de Reliverán.
Imaginaba llegar y seguir leyendo a Michel Houellebecq (La posibilidad de una isla) o seguir con la biografía que Jack Stevenson realizó del genial Lars von Trier o picotear algo de Roland Barthes y El grano de la voz.
El narrador es así, un lector espasmódico, discontinuo y ciclotímico. Como es él.
Y acá se encuentra ahora, reunido con el maravilloso mundo cáustico de Houellebecq. Abre al voleo La posibilidad de una isla y se encuentra con la siguiente frase:

“El placer es silencioso, igual que ser feliz”

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